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miércoles, 10 de marzo de 2010

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Llanto. Meramente, lágrimas. El simple acto de dejarse enfriar el alma, tirarse al piso y sentirse barro. El simple acto de acabar con la voz y desprenderse de sí. Cuando tu hijo difunto irrumpe tu mente, atravesando el cosmos a tu almohada, a tu vereda, y tu televisor. El querer librarte de tu cuerpo pedazo por pedazo, quemar toda tu ropa y dormir los sonidos. Las risas de tu hijo, por sobre todo, cuando el deseo de ser no más que aire entre los seres nos dice que le cortemos con los dedos las venas al sol. El simple acto de no ser, no actuar ni contemplar. Mucho menos dormir, comer, o caminar. Cuando eso que llaman 'vida' te deja las manos tiesas de tan vacías, y tus días, que ya no son días ni horas, sino una línea entre tus pies y el piso, un todo que sigue y se va, lentamente, como si no pasara jamás. Un estado de reposo constante en agonía, clasificando el cielo más profundo para depositar los mejores recuerdos y vivir pensando en qué habrá al final, si vas a poder escuchar las risas de nuevo, si esto de tanto seguir sangrando valdrá la pena para que se abracen de nuevo y vuelvas a llorar, pero esta vez queriendo aferrarte y no dejar jamás; permanecer como sea, dormirte justo como y donde estas.. Y llorar, meramente lágrimas, de sentir tanto amor, al fín. Me duelen los sillones pútridos de haber sentido tu alma, los pinceles lánguidos puentes de tu esencia inerte, y hasta las ventanas rotas que usaste para simular distracción. Te queda tu cuerpo,
y se que unas terribles ganas
de ya no tenerlo.


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