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miércoles, 10 de marzo de 2010

939

Ah;
si habré abandonado esa tarde todo el peso en el colchón de mi memoria perpleja de tantas imagenes y sonidos arrodillandose cautelosamente a ese indescriptible vacío tanto interno como externo, esa sensación de haberse dejado el ser dormido en algún rincón oscuro ínfimamente lejos de mi cuerpo, que en ese momento era incapaz de sentir señal alguna de la existencia de las cosas. Siendo cada pensamiento vagas cortinas deslizandose lentamente por mi sien, entumecida en un sector apartado de la habitación, no sabía con seguridad si aún podía respirar. No sabía si arriba del techo había cielo, si sobre el cielo había vida, ni me importaba; Es esa sensación de inexistencia casi absoluta, exepto por las vibraciones de un eco en los tímpanos ahogados en el silencio de ciertos gritos desesperados a flor de piel, de esos que cortan fríamente las extremidades bien adentro, y la carne arde cada vez más. De pronto uno se encuentra envuelto en llamas, visibles solo para el dueño de esos pies que se dejarían quebrar los tobillos de debilidad; uno se encuentra en llamas, y aunque lo desee, no termina de quemarse jamás. Desvistiendo a mordiscones mis manos y rajando mi ropa, me miraba al espejo con tanto odio y desesperacion alternando sonidos variados, despedazandome de bronca en llanto y bocanadas de aire que forzaba a pasar por mi garganta tiesa; Un segundo y mi cordura rodó ante mis ojos, aunque mi cuerpo parecía solo otra de las sombras calmas tendida en la madera, el repudio hacia mi persona y las ganas de vomitar no cesaron en lo mínimo, jamás. Nada significaba nada, nada tenía nombre; Son esos momentos en los que si existe un tiempo, se detiene por completo, en cada poro y cada entraña, en los dedos y las puertas, en las esquinas de las alfombras, donde las dimensiones y el espacio han perdido su sentido ; Y si existe un verdadero concepto de 'vida', acaba desvaneciendose justo en las pupilas, y en ese punto blanco, justo justo,
detras de la mente humana.
Contenida en una bronca extrema hacia la muerte mísma, de a poco me fuí desarmando de dolor y dejando mi cuerpo tenso derretirse en la alfombra. La resignación daba vueltas constantemente, íba y venía, y conforme el dolor, y por lo tanto la agonía crecían, más me derretía, y menos me importaba cuánto más se adentraran los ojos del silencio en cada parte de mí, torturandome con más imágenes de momentos felices, hoy tan notablemente angustiantes proyectandose en mi cabeza. Finalmente tuve que admitir todo lo perdido, el amor desperdiciado y que ya no habría bicicletas en el patio ni abrazos en la puerta ni almohadas a la mañana ni meriendas por las tardes.Cuando uno es conciente de admitir algo asi, dejenme decirles, señores, es cuando realmente acaba de despedir ,
la esencia de su ser.

No hay día, ni un solo día, que no pueda recordar.
He perdido un pedazo de alma;

Tal vez, uno
demasiado grande.


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