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miércoles, 10 de marzo de 2010

Habrá sido bueno.

¡Ah, sí!

como nos desarmamos de amor,
desde las pupilas
a las raíces esparcidas
por toda la habitación.
Qué infinitos serían los árboles,
con esta forma de cantarnos los colores
tiñiendo nuestros cuerpos,
con los dedos y la voz
y las uñas y los ojos y el cerebro,
(pero sobre todo)
el interruptor.
Ah, sí
esa forma de pensar que somos
luces del cielo
o de láser o de lámparas,
hasta de piedras preciosas.
Eso de creernos el brillo de los sonidos
y llorar de emoción
al elevarnos en alguna nota,
hasta terminar en una caricia de ser;
y reposar.
Bajar lentamente por los ojos
a los pómulos
y la esquina de los labios
al borde del cuello
curva al hombro hasta tu brazo
cálido en escalofrios,
y tu mano adormeciendose
en la tela de tu pantalón.
Volvemos a los ojos,
los ojos que se nos veulan
la cabeza que se nos vuela y ahí,
justo ahí
dormiríamos por siempre.
Volvemos a los ojos,
y ya no sabemos ni quienes somos
de ser tan árboles
y tan luces,
y tan sonidos
en cada línea, pelo o latido
en mí
(en mí)
en vos.


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