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lunes, 24 de mayo de 2010

Libaldías locura interna

Lidia con su propio ser despersonalizado en el aire denso que se encuentra a su izquierda. Ríe, canta, llora, grita, grita. Grita. Grita terriblemente como si muriera de felicidad instantánea, como si veinticinco cuchillos lo apuñalaran al mismo tiempo, o recién naciendo, o congelado, o ardiendo. Grita por dentro y por fuera como si fuera grito de todos los gritos coincidiendo en tiempo y forma y mundo. Más allá de que todos difieran, se atan hasta aturdir hasta el más mínimo eco de cualquier célula desenfrenada remando la sangre. Remando la sangre como pájaro en caída libre. Que muere y se cae, terriblemente, gritando desesperado el ramillo de todas sus voces en prolongado (pero efímero) suspiro de muerte. Rema la sangre, el pájaro, muere al aire denso no más bien su vuelo sino lo revolucionario que cambia constantemente al borde racional de un no-engaño (creo que) jamás premeditado. Todo esto nace por boca del día, lengua del cuerpo, campana en el tímpano, y el resto de todas las cosas en la esquina de la córnea. Considérese la existencia de millones de universos paralelos desenvueltos a los dedos como espejos del propio paso acribillando incesantemente el momento escurrido atrás del cuello. Libaldías locura interna con más de media garganta desgarrada continua gritando terriblemente a cada cambio de nube hasta que anochece, y desanochece también. Dice que tiene un sombrero que es redondo y que sabe bailar. Que hace calor, que hace calor, que el ejercicio del grito es tan necesario como el aire que debería dejar pasar para seguir adelante en la destrucción de sus cuerdas vocales. Siente carcomerse su mente en un fuego ácido que le pide que se revuelque al ritmo de su grito desenfrenado por cada grieta de cada vidrio de cada ventana convertida en pecera gratuita de su conciencia a lo que está (y lo que no también). Lucha por conservarse en pié. Se mira en la pava que humea, similar a su espalda, y encuentra que no ha emitido vibración alguna al oído ajeno. Ahora da vuelta los ojos que se abren para adentro, y lo que ve son vestigios de guerra, grabados en plumas, cuchillos, y pájaros que se desparraman en últimas agonías al borde del pulmón agitado. Libaldías locura interna encuentrase como desastroso deshecho de cierta revolución medianamente cotidiana. No ha emitido sonido alguno salvo por todo su intenso río corporal que fluye a gritos casi silenciosos al desarme logístico del caparazón. (Grita). Y se desmaya siendo persona en tiempo, forma y mundo (otra vez).

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