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sábado, 1 de mayo de 2010

seriamente.

Del acá, desde acá donde (tu) persona, se ve tan chiquito porque en mi concentrado, en mi cuerpo húmedo debe de verse como una bolita, una suavidad dormida a la leve sonrisa, un algo ínfimamente pequeño posándolo al borde de lo que desde más acá puedo ver, por medio más que de mis manos, más que del trazo marcado por cualquiera de estos días que no podrían montar espectáculo alguno a cuerpo ninguno a alma ninguna. Improbablemente habitarían tanto este aire como para caminar correctamente sobre el lado frágil de lo frágil, eso que se toca y se llora, o se pinta, y se rebalsa de propio amor a la alegría de tan pleno. Como la ventana tan colmada de la mañana, o el humo, la escarcha. Porque la ceniza, miralo al fuego cuando amanece que el mar se incendia despacito sobre los pies a los brazos se salpica al pelo y estamos de repente tan mojados (uno del otro) que podríamos cerrar los ojos y desplegar las aletas algún pedacito más de cuarta aguja que despeje cualquier sentido de vibración auditiva. Todo eso tangible que uno devora insaciablemente por los ojos, que la arena que la mano contornea al pasto la mandíbula el borde de lo humano sobrepasado por lo no, conjugándose, híbrido, terso, flota se deshace se quiebra se recrea golpea renace (finalmente), por cada espacio vacío o minúsculo (Acá). Porque los peces, también mira los peces como se envuelven al agua cual ala al cielo o esta pequeña bolita anidándose dentro de otro cuerpo húmedo, que este suelo reside también en raíces tan frágiles como el palpo del llanto, que fijate como las paredes se derrumban por naturaleza propia y que los espejos, como se disuelven en el agua donde al fondo, mira como corren, todo esto tangible no por más que por el amor propio a la memoria de la alegría; Y recuerda el fuego, que como el mar abraza cada brazo cada pie que se incendia; Devorando insaciablemente por cada ojo contorneando al pasto las cenizas de lo híbrido, y la aguja, hasta que nos palpa el llanto y nos quebraja las raíces (de uno, y del otro). Nos encontramos de repente tan mojados, que cerramos los ojos, e imaginamos tener aletas para renacer luego al golpe del trazo de cada día, de toda mañana. Y mira ahora entonces como entre el humo el cuerpo húmedo, se habita de escarcha
y se envuelve de nostalgia.

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