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sábado, 26 de junio de 2010

No somos nada,

Jugueteo que te amo. Así con los ojos medio abiertos medio cerrados y te toco un labio. Porque algo me dice que quiero o necesito sacarte media esencia para enredármela en la muñeca. Algo que me envuelva el cerebro para creer que jugas así conmigo también. Porque si nos creyéramos realmente esto de amarnos entonces nos iríamos como en una balsa a un lugar lejos muy lejos por sobre el destello tenue del borde de algún mar oscuro que podría hablarnos de cosas ciertas, como serían un par de papeles que se vuelan y se hacen entonces a la distancia unos pájaros de cuello largo y con las aletas colgando en línea recta a muerte de luna. Y a nosotros no nos importaría más que reírnos delicadamente por el borde de los dedos y que nos tiemble el alma como hojas al no decirnos nada, nada de nada, mantenernos en silencio y cada tanto un ojo por el otro y por qué no unos pocos pelos levemente elevándose a brisa celeste y sea entonces el único tacto entre nosotros que seguiríamos ahí quietos como estatuas sintiendo realmente. Que nos amamos. Que pretendemos unirnos por la punta de dos dedos porque jugamos. Sin lamentarnos por letra alguna ni recordar la caída de espaldas al agua pero no justamente si es que estuviera el mar todavía a nuestro costado, no, sino mas bien eso que corre más por el estomago a la garganta como un aire denso para Salir a impregnarnos del humo que somos estas alturas de la vigilia entrando y saliendo a oleadas constantes de soledad onírica en la mejilla. Esa caída que acostumbramos al mirar que se nos derrama el día y no hay nada ni piedra que valga la pena para recostarse, dejar el aliento libre y cerrar los ojos como si el cuerpo estuviera enteramente desocupado y merodeado únicamente por un vago pensamiento de un suspiro de alas. Entonces seguimos ahí con los dientes sobre los dientes y los labios petrificados, sabiendo realmente que el verdadero sentido de sentirnos como si tuviera tu mano tocando por naturaleza propia el sabor de una flor a la sombra es que sueña que es agua bajo una balsa y que una mano parece amarla por debajo del marco de mi propia nuca. Por debajo digo porque su sombra podría ser ahora mi cuerpo que aun inmóvil frente a un aire medio extraño que se asimila a un abrazo fuerte por unos brazos que al rodearte se te hace la existencia pequeñita como si fuera ese el justo abrazo esperado todos estos años, que al deslizarse te deje la espalda en un retazo de una nada suave. Nos respiramos únicamente como si fuera este aire el que nos garantice sentirnos así tan así para siempre, porque los dos sabemos que no sabemos el nombre de esto que nos recorre enteramente sin necesidad de estar ni no ciegos ni no mudos de no orientarnos por tierra mucho menos por tiempo medido en luces o efímeros ensueños ni en las esquinas entre el ojo y el parpado, o el espacio vacío bajo la lengua. Porque entonces ahora que estamos así tan repletos de esto todo que ni uno ni otro podría decir más que se ve de un color y de otro color y de otro color dependiendo del día, el canto o la estación, nos miramos nos acercamos nos acariciamos nos olemos nos pensamos nos abrazamos nos lloramos nos lloramos (nos lloramos) y nos desmoronamos como un viento horizontal a la mañana dejándonos la sien reposada al éter, como si nunca hubiéramos existido, jamás. En ningún lugar.

3 comentarios:

  1. (¿Y si solo dejas sentir a la piel cuando mis manos la rocen?) Nos iriamos como en una balsa a un lugar lejos muy lejos a dejar que eso que ninguno de los dos sabemos el nombre nos replete.

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  2. El libro debería de titularse con la puta palabra.
    ¿No? Eso hasta que quiera llegar, porque de buscar se buscó

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