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lunes, 14 de junio de 2010

Como siempre habrían dicho

Él y sus cabellos largos por los pezones. Camina mucho y ha de recordarlo todo. (No lo conozco). La lágrima primera para luego la segunda más tarde la tercera a tormentades y revuelos de su razonamiento que se le desvelan de su más profundo aliento a nada. Logra no comprender como por sobre su mismísimo pecho se le rueda un puñal hasta más allá de sus órganos miserables y se retuerce su otra porción del mundo de una manera quejumbrosa como de rodillas ante un arrepentimiento tardío. Sumamente tardío. No lo conozco ni desvestido a supuesto mundo paralelo. Pero sé que ella debió haber sido por aquel entonces palma de su mano a tinta negra cuidándole hasta el espacio entre las huellas digitales. El véala como buena rosa en jardín sustentable pero mientras construyendo un pequeño ladrillo para admirarla de lejos pretendiendo una caricia al centro de la espina. Habrá pensado cuan improbable que una planta tenga ojos para llorarse entera hasta quebrarse un pétalo. Sea entonces tal quebradura y que el primitivo jamás haya pensado la muerte de medio cerebro y sin embargo se revuelque cual si estuviera lloviendo. Pero no. Porque ahora el camina mucho y lo único visible ante tanta niebla es un animal que respira entrecortado. Y cas i llueve. Entonces ella que debe estar preparándose un té de miel con gusto a nada para su vientre lo cobija sin querer por muy debajo de los dedos. Sin querer porque realmente no quiere, después de tanta peste de mal vuelo quién quisiera no menos ella recostarse y dormir sin nada extraño entre la ropa. Imposible. Él camina aún y ha de recordarlo todo pero no como debiera porque ella es y ha sido siempre un pleno color de tarde tibia recorriéndole el cuello a la punta de la médula mientras a sí mismo creía estar amándose solo. Y ahora llueve. El té no resuelve a la nada, a la huella amarga pero huella de sol como paso de vida pequeña por una ventana con gotas. Mucho menos el pelo en los pezones, el frío en los zapatos; mujer, hombre. Hombre. ( Si existiera reconstrucción cerebral alguna para dolerte al menos en sílaba los vestigios del vacío, aunque sea para teñirte la espalda con un poco de algo un poco de frío.) Pero no, él camina sacudiéndose la campera como si nunca hubiera habido nada en nadie como si no esperara siquiera tenues luces a su sombra. Ella, cree haberlo olvidado todo mientras se traga el humo del agua para suspirar un poco menos el consumo de lo que fueron manos entre las venas; la taza sobre la mesa, el aburridísimo programa del sábado.

Después se duermen, y es domingo y aún llueve.

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