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martes, 9 de noviembre de 2010

Amar amar hasta morir.


Yo ya no tengo llanto. Yo ahora habito el llanto el llanto me vive, me da vueltas, me inhala, me exhala, me duele, me escupe, me abraza, me golpea, me tira, y me deja. Ahí, me deja, respirando. No a manera de río no a flor de piel ni siquiera entre las venas; no se escurre no se palpa ni se gusta. Habito en un llanto que únicamente se respira. Uno que sabe bien anidarse no en el cuerpo sino en cada rincón del aire que abunde por estos alrededores cualquiera sea que se necesiten para despertar después de ayer intentando evadirse de toda consciencia por miedo al mar. Al mar. Por ahí te perdí. No hablo del llanto que vos me veías y decías por qué, no del llanto que vos la veías y decías no me gusta verte así. Hablo de éste. De éste que vos por suerte no tuviste jamás. Este de estar despedazándose sobre el cuerpo de quién debería despedazarse sobre el tuyo. Es como un renacer y consistirse de una aire liviano del que no querés ser. Y así tan así nada sirve vení a cerrarme los ojos un ratito pero vení vos y contame que estás bien, que no te duele nada, que me viste agarrarte tu manito fría, y acariciarte tu cuello frío, tu pancita de piedra, y dibujarte con el dedo el espacio entre la cinta de la venda y la quemadura en tu carita, que me viste acomodarte el pelo como te gustaba, desabrocharte la camisa para que se te viera la remera tal como la usabas, y atarte las zapatillas esas últimas que te compraste y que estabas tan contento y que no pudiste casi usar. Vení contame que me escuchaste pidiéndote que te despiertes, que me escuchaste mientras te besaba y te decía que te amaba sintiéndome la cosa más miserable del mundo porque ahora ya no sirve, no sirve nada. Sé que nos amábamos a nuestra manera y vos eras mi pendejo pelotudo, mi mocoso rompe bolas y yo era tu hermana de mierda, tu hippie loca, tu fea y gorda y así nos amábamos, así, tanto que últimamente te acosaba para abrazarte para que vos después me empujaras haciéndote el que no te gustaba pero riéndote a la vez. Son demasiadas las cosas que podría decirte sin que vos sepas nada porque ya no sirve, no sirve nada. Los que se van se van y los que quedamos lamentamos el tener que respirar, el tener que habitar el llanto, todos los días sin descanso, despertarse y que duela porque eso somos. Vestigios de un dolor inmenso, irremediable, un artefacto de carga, ya no somos lo que éramos, ahora eso somos; Somos los restos, lo que queda. Y ese lugar ocupamos ahora todos los que te amamos, todos a los que nos queda hablarte en el recuerdo y convencernos de escucharte, imaginar que nos hablas, o verte dando vueltas por donde solías. Algunos van a verte entrando a Cantera, o jugando un partido en la cancha de en frente; Otros te van a escuchar reírte ganando en el paddle; muchos van a recordarte poniendote los guantes para luchar, entrando a la escuela, haciendo chistes malísimos; Mamá probablemente te recuerde jugando en la vereda mientras ella te llamaba para entrar a hacer la tarea, Papá seguramente va a verte dormido mientras él te daba un beso antes de irse a la guardia. Yo por mi parte desde ya te cuento que cada vez que entro o salgo de mi pieza me parece verte sentado en la compu, escuchando tu música, hablando por micrófono con tus amigos. Se van a hacer las tres de la mañana y yo voy a estar esperando que te despiertes sonámbulo a mirarme como un loco antes de entrar al baño y tomar agua; para después yo ir hasta tu pieza y verte durmiendo babeando la almohada con la tele prendida, decirte “Ah, pendejo pelotudo, siempre haces lo mismo”, apagarla, y volver a verte a la mañana bajando la escalera o directamente desayunando. Dije me parece, porque obviamente nada de esto va a volver a pasar jamás dado que mi último recuerdo cerca tuyo es el intentar digerir de manera consciente un “Papi viste dónde está “, en medio de una multitud quebrada en lágrimas detrás de un cajón. Desmenuzar parte por parte para que sea comestible que mi hermano está ahí. Mi hermano está adentro de ese cajón. Por favor, imposible. Asique mirá Gian te prometo no volver a dejar pasar ni una vez que sienta que tenga que decirte que te amo. Te prometo que no voy a dejar pasar ni una vez que tenga ganas de abrazarte. Te prometo que te voy a llevar al mar conmigo y que cuando Sami tenga un cachorrito te lo voy a dar a vos. Te prometo colaborar con mis ahorros para regalarte la patineta que mamá y papá te van a dar en navidad. Te prometo dejar los auriculares donde los tenías después de usarlos para que no te enojes. Te prometo instalarte el juego que no podías instalar. Te prometo enseñarte a poner los cordones de manera tal que no te quede el moño afuera. Te prometo poner el asiento derecho de nuevo cuando lo tire para atrás. Te prometo cortarte el pelo como querías para que no te lo corten demasiado en la peluquería. Te prometo seguir defendiéndote cuando no te dejan salir afuera a jugar. Te prometo que no voy a esperar a que seamos más grandes para pensar que vamos a interesarnos por lo mismo y hacer cosas juntos. Te prometo te prometo te prometo. Uy. No Priscila, sentite la cosa más miserable de nuevo porque no le podes prometer nada tu hermanito ya no está. No, no está. Acá te queda su alegría y esas cosas que ya no se ven; y bien sabes que la ausencia es más fuerte de todos modos. Ay chiquito chiquito intenté evitar esa pregunta tan mediocre del por qué; pero me fue imposible. Por qué pendejo por qué, qué necesidad de ir para el lado que nunca ibas y cruzar justo cuando no tenías qué. No sé, nadie sabe, no se sabrá. Acá te extraño, y como ya lo he hecho sé que voy a seguir regocijándome en tu cama, entre tus cosas, tus medias remeras y pantalones sobre la cama, las almohadas dadas vuelta, la frazada hecha un desastre, el control por ahí tirado, tu mesita llena de perfumes y desodorantes que me traen a vos. De nada sirve decírtelo ahora pero no me queda otra porque te fuiste sin escucharlo como realmente es, como lo tengo acá adentro y necesito sacarlo y que lo sepas y no lo vas a saber jamás; Te amo pendejo, hermano, te amo, como a nadie mocoso, y nos doles tanto a todos, porque eso somos. Eso soy, mi amor, principalmente un alma llena de dolor, que además tiene un cuerpo al que no le interesa demasiado ser. Un vacío material, el vestigio de un dolor inmenso un dolor terrible, además de una indescriptible necesidad de tenerte acá y que no te vayas Gian, por favor quedate. Pendejo volvé y no te vayas más. Y sino de última bancame que ya voy, nos vamos a volver a ver. Mientras acá te lloro, nene, te tengo conmigo.
Te amo.

1 comentario:

  1. Lo leí en vos alta, y se me anudaba la garganta

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